Matías Cáceres Habit

Transición energética y poder blando: lo que el mundo puede aprender de China

De manera discreta pero efectiva, China se ha ido posicionando como líder global de la transición energética hacia tecnologías limpias, frente al giro de Estados Unidos en la materia y su ausencia en la última reunión de la COP30.

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  • En la COP30, la ausencia de Estados Unidos en el centro de las negociaciones abrió un vacío que muchos esperaban que China tomara. Pero en lugar de liderar los plenarios, Pekín optó por proyectar poder desde su pabellón, uno de los más visitados del evento. En este artículo, analizamos las principales iniciativas de China en acción climática y transición energética, y cómo estas reconfiguran no solo la política climática global, sino también su economía interna, sus cadenas de suministro y su influencia sobre los negocios verdes a escala planetaria.

     

    Fuente: CNN 

     

    Importancia de la acción climática y EEUU
     

    En las últimas décadas, los negocios, inversiones y la economía en general han tenido que integrar la mirada medioambiental en cada decisión. Al comienzo fue algo lento, pero hoy las empresas, personas y gobiernos que quieren triunfar en la economía actual se adelantan, miden riesgos climáticos e intentan todo lo posible por prosperar en esta nueva “guerra” económica verde.

    Desde 2018, China ha exportado cerca de 1 billón de dólares en equipamiento de energía limpia (baterías, componentes solares, vehículos eléctricos, turbinas eólicas). Europa ha sido el mayor destino, pero Asia, Oriente Medio, África y América Latina también importan volúmenes crecientes de estas tecnologías.

    Estados Unidos ha tomado un rumbo distinto bajo la administración del presidente Donald Trump. Este enfocó sus esfuerzos en desvincular al país de todo compromiso climático al anunciar su retirada del Acuerdo de París y, en 2026, abandonó organismos como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), dejando al país fuera de las Conferencias de las Partes (COP) y del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC): “No vamos a seguir gastando recursos, capital diplomático ni el peso legitimador de nuestra participación en instituciones que son irrelevantes o entran en conflicto con nuestros intereses”, afirmó Marco Rubio, secretario de Estado. “Buscamos cooperación cuando sirva a nuestro pueblo y nos mantendremos firmes cuando no lo haga”.

     

    Estados Unidos, que fuera líder en la diplomacia climática mundial, se ha convertido en una fuerza volátil e impredecible. Bajo la administración Trump, la retirada del país del Acuerdo de París y su agresivo giro hacia los combustibles fósiles han creado un vacío de poder. Eso ha generado el surgimiento de nuevos líderes climáticos en el tablero global y una reconfiguración de poder sobre los negocios mundiales. El mundo no se ha quedado esperando por Washington.

    La reacción de otras naciones: ¿quién toma el relevo?

     

    El escenario internacional tenía en mente algunos líderes para llenar este vacío político. Un candidato era Brasil, pues ostenta la presidencia de la COP30 y, por lo tanto, deberá liderar la hoja de ruta climática global hasta finales de 2026.

    El otro país evidentemente señalado era China, otra superpotencia que busca ocupar los espacios de poder que Estados Unidos deja en cualquier ámbito. El contraste entre el creciente activismo climático de China y el retroceso de Occidente es evidente.

    Estados Unidos, que en su día fue líder en la diplomacia climática mundial, se ha convertido ahora en una fuerza volátil e impredecible. Bajo la administración Trump, la retirada del país del Acuerdo de París y su agresivo giro hacia los combustibles fósiles han creado un vacío de poder.

    La ausencia de EEUU en la COP30 en Belém, subraya este debilitamiento occidental. Aunque la Unión Europea históricamente fue la más exigente en las COP respecto a las metas de reducción de emisiones, el auge de un sector político europeo contrario a la acción climática ha atenuado su papel en este ámbito. Con un Occidente a la defensiva en esta materia, China se posiciona a la cabeza de esta nueva diplomacia, un campo cada vez más crucial tanto para la cooperación como para la rivalidad entre grandes potencias. Por primera vez en años, la segunda mayor economía del planeta y actualmente el mayor emisor de carbono puede hacer la diferencia a través del liderazgo climático.

    El caso de China

    China es el país con mayores emisiones de carbono del mundo en la actualidad; su colosal matriz industrial, que domina numerosos sectores de negocios, no se había caracterizado por ser limpia.

     

    A lo largo de la historia, China poco se ha preocupado de generar objetivos climáticos ambiciosos, bajo el escudo de ser un país en desarrollo que ha basado su estrategia en la quema de combustibles fósiles. El derecho internacional avaló por un tiempo considerable esa lectura, con reservas. La Convención de 1992 en Río de Janeiro consagró la idea de responsabilidades diferenciadas ante la crisis climática, según la cual las naciones ya industrializadas debían asumir el mayor esfuerzo de mitigación por su contribución histórica a las emisiones de CO? equivalente.

     

    En los últimos años, China ha tenido un giro, pues ha asumido compromisos climáticos significativos: alcanzar un peak de emisiones antes de 2030 y lograr la carbono neutralidad en 2060 (1). Este cambio está explicado por incentivos financieros y geopolíticos, pues el gigante asiatico ha querido posicionarse como líder tecnológico en sectores claves para la transición verde.


     

     

    Para ello, China ha emprendido una transformación energética interna sin precedentes. Hoy ostenta la mayor capacidad renovable del mundo. En 2024, China sumó cerca de 360 gigavatios (GW) de nueva capacidad eólica y solar. Ese volumen representa más de la mitad de todas las incorporaciones globales del año y llevó su capacidad acumulada a 1,4 teravatios (TW). Este giro, además, está acelerando la aparición de tecnologías y negocios como almacenamiento en baterías, centrales eléctricas virtuales, vehículos eléctricos y parques industriales “cero carbono”, entre otros (2).

     

    A su vez, el mercado de minerales críticos y tierras raras retrata bien la lógica que China ha seguido en los últimos años, construir una posición dominante en los eslabones clave de la cadena para convertirla en ventaja estratégica. Hoy concentra más de la mitad de la extracción mundial de tierras raras y, con mayor claridad aún, cerca de nueve décimos de su procesamiento (3).

     

    La fuerte inversión en energías limpias y el control de los minerales críticos le ha dado a China redes de transporte, telecomunicaciones y energía muy avanzadas, lo que facilita desplegar tecnologías nuevas y abaratar costos en industrias intensivas en energía. A eso se suma un entorno regulatorio más flexible y una gran fuerza laboral industrial, que acelera la mejora continua y permite escalar la producción rápidamente. Con esa combinación, China ha convertido los minerales críticos en una plataforma para impulsar industrias emergentes como vehículos eléctricos, drones, entre otros.

     

    Esta posición se refleja en el comercio. Desde 2018, China ha exportado cerca de 1 billón de dólares en equipamiento de energía limpia (baterías, componentes solares, vehículos eléctricos, turbinas eólicas). Europa ha sido el mayor destino, pero Asia, Oriente Medio, África y América Latina también importan volúmenes crecientes de estas tecnologías. 

     

    Solo en 2025, China exportó 1,52 millones de vehículos eléctricos (un 49% más que el año anterior) (4), consolidándose como el principal exportador mundial de autos eléctricos. En valor, sus exportaciones de vehículos eléctricos sumaron unos 52 mil millones de dólares en los primeros ocho meses de 2025. Gracias a su escala, China ha logrado abaratar estos bienes, acelerando su adopción global (5).

     

    El giro tampoco quedó ahí. En 2018, China incorporó en su Constitución la noción de “civilización ecológica”, y desde entonces se multiplicaron documentos y señales políticas de Xi que elevan la transición verde a rango de prioridad estratégica (6).

    Esto tiene un sentido de conveniencia económica. El libro Developmental Environmentalism sostiene que, para el gobierno chino, la transición hacia energías limpias se concibe ante todo como un instrumento de seguridad nacional, con un efecto multiplicador sobre diversas dimensiones estratégicas. En esta lectura, la reducción de emisiones es parte de un enfoque integral orientado a fortalecer la seguridad energética, la resiliencia económica, la estabilidad ambiental y social, y la posición geopolítica del país (7).

    Todo lo anteriormente explicado ha significado un impacto geopolítico bajo las sombras de los negocios, ya que el control chino sobre suministros y precios de las tecnologías verdes le confiere una fuerte influencia. 

    Muchos países dependen ahora de equipos o materiales chinos para cumplir sus objetivos climáticos, lo que da a Beijing palancas de negociación. Al proveer tecnología limpia asequible, está facilitando la descarbonización de otras naciones. No obstante, esta dependencia entraña riesgos, eventuales restricciones o tensiones comerciales que podrían afectar la transición de terceros. Diversos gobiernos han comenzado a buscar la diversificación de sus cadenas de suministro para mitigar dicha vulnerabilidad. Aún así, el ascenso de China como “fábrica verde” del mundo es ya un hecho consumado que moldea la economía climática global.

    Es por esto que Mario Draghi, ex-presidente del Banco Central Europeo, plasmó en su informe de competitividad de 2024 (8) que la amenaza china ya no se expresa en términos militares ni ideológicos, sino comerciales. Para Europa, apoyarse en China puede acelerar y abaratar la descarbonización, pero al mismo tiempo puede socavar su propia base industrial en áreas estratégicas como la tecnología limpia y la industria automotriz. Es decir, la advertencia es que China puede volverse un problema estratégico para Occidente sin necesidad de confrontación, solo mediante mejores negocios.
    Reflexión final: ¿Qué ocurrió en la COP30?